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  • Rodolfo Terragno

Chalecos amarillos: Una demostración de anarquismo sin ideales ni imaginación

Actualizado: 1 de abr de 2019

Tuvieron que pasar dieciocho sábados para que se lo comprendiera: esos franceses que cada siete días se ponen chalecos amarillos, no son simples ciudadanos disconformes, invitados por las redes sociales a manifestar su descontento.

Hubo, sin duda, habitantes empobrecidos o desamparados para los cuales las manifestaciones sabatinas eran o son una bienvenida catarsis y un grito desesperado a gobernantes insensibles.


Pero los exaltados que ayer, en París, rompían o incendiaban todo cuanto podían, no son “pequeños grupos infiltrados”. Son el corazón de un movimiento avasallador que se alza, de manera confusa y contradictoria, contra el Estado y el poder económico.

Dejar sin vidrieras a los comercios de los Campos Elíseos, destruir cajeros automáticos y apedrear autos de policía es una mera proliferación de símbolos.

En ciento sentido, esta violencia ciudadana recuerda al anarquismo de principios del siglo 20, que hacía estallar bombas y asesinaba a policías. Sin embargo, aquellos anarquistas eran “Quijotes de la emancipación social”.

Cometían grandes injusticias, pero obedeciendo a una (candorosa) concepción filosófica y moral, según la cual el humano es, por naturaleza, un ser solidario, al cual los dueños del poder convierte en rapaces competidores que se anulan entre sí.

Los padres de aquel movimiento, como el francés Pierre-Joseph Proudhon y el ruso Mijaíl Bakunin, transformaron una rebeldía primaria en un pensamiento más sofisticado. 

Condenaban las jerarquías, y la subordinación —sobre las cuales están construidos el Estado y el poder económico— porque convertían “a los ciudadanos en súbditos, a las esposas en criadas y a los hijos en esclavos”. Proponían, por lo tanto, una forma alternativa (en realidad utópica) de organización social.

Eran abanderados de un “Comunismo libertario”. Querían “·vivir sin amos” e Iban a “la conquista del pan”. Su ideal era una sociedad sin leyes, porque una ley no era, a su entender, más que “una amenaza” al ciudadano que no acate el orden establecido por quienes lo dominan.

Sostenían que, liberadas de esas extorsiones, las sociedades podrán reorganizarse bajo la forma del cooperativismo y el autogobierno.

Los chalecos amarillos carecen de Utopía. No tienen un manifiesto, ni muestran ideas en sus torpes grafiti, que son un catálogo urbano de contradicción y banalidad. No podrían garabatear “la imaginación al poder” en las paredes, como los revoltosos estudiantes del “mayo francés” de 1968.

En los bolsillos de esos chalecos no hay imaginación.

Rodolfo Terragno es político y diplomático. Embajador argentino ante la UNESCO.



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