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  • Rodolfo Terragno

HAY QUE OPTAR



Afiches superpuestos Macron y Le Pen. Fotografía Rossignol / Reuters.


Elegir es siempre renunciar a algo. Ése es el dilema que la vida impone, de tanto en tanto, a cada individuo. Y, en ciertas circunstancias a toda una sociedad. En política, ocurre a la hora de los comicios. Lo que se nos ofrece en el cuarto oscuro es un menú. Lo que no está en el menú no cuenta. Por eso, elegir significa, a menudo, renunciar (siquiera transitoriamente) a ideologías o sentimientos.

En Francia, Emmanuel Macron es Presidente porque, en 2017, muchos franceses postergaron preferencias para evitar el ascenso de Marine Le Pen al poder. Ella es una mujer inteligente, carismática y combativa, pero --además de estar judicialmente perseguida por corrupción— tiende a dividir la sociedad y a suscitar odios. Ha propuesto clausurar mezquitas, proclama su deseo de “destruir la Unión Europa” y detesta la inmigración, de la cual dice que “desnaturaliza” a la sociedad francesa. Se la acusa de populista y autoritaria; pero su innegable habilidad le ha permitido ganar el apoyo de sectores anti-sistema, buena parte de la juventud y una apreciable porción de intelectuales.

No la debilitó que el Parlamento Europeo le embargara la mitad del sueldo a fin de recuperar fondos desviados por ella para pagar empleos ficticios. Tampoco que, a pedido de la justicia francesa, le quitaran los fueros de los que gozaba como eurodiputada. Tampoco que la justicia le allanara sus oficinas y su casa. Tampoco que la secretaria de su partido y su guardaespaldas personal fueran detenidos, por estar entre los beneficiarios de su distracción de fondos. Tampoco que recibiera de Rusia, sospechosamente, 9.000.000 de euros para financiar su campaña.

Sus acólitos repiten que la corrupción de Marine Le Pen no es más que una invención de sus enemigos, a quienes acusan de llevar adelante una “persecución política”. Su ascendiente electoral, por otra parte, ha crecido.

En la primera vuelta de las elecciones de 2017 -con 1.200.000 votos más que cinco años antes- a Marine Le Pen le faltaron menos de 3 puntos para superar a Macron. En la segunda perdió por 66 a 34.

El actual presidente no era un ídolo de los sectores progresistas que votaron por él para frenar a Le Pen. Él había sido socio de la Banca Rothschild y luego, como Ministro de Economía del President François Hollande, nexo entre el gobierno y las corporaciones. Macron repetía que “las empresas privadas son el motor de la economía”. Afiliado por tres años del Partido Socialista --el mismo de Hollande,--en 2016 dijo públicamente “ya no soy socialista” y fundó un partido ideología difusa.

Poco después, ganó la Presidencia con ese partido personal, que tenía apenas 237 días de vida. Quienes le dieron su voto no deben estar arrepentido. Les guste o no les guste su gobierno, hoy tienen una Francia que sigue gozando de una democracia abierta y asociativa.

Hay quienes critican, con cierta banalidad, el voto táctico, o “negativo”. El voto es, en realidad, un instrumento que puede utilizarse con distintos propósitos. Para encumbrar, para castigar o para prevenir.

Quien se niegue a usar la herramienta –no votando, votando en blanco, anulando el voto o entregándoselo a un candidato sin chance— ayudará con su indolencia a alguno de los favoritos. Acaso, al que menos querría ayudar.

Quienes saben lo que quieren, en cambio, renuncian a veces a predilecciones, simpatías y ritos para impedir el triunfo de lo que no quieren. El voto táctico no es novedad. Ya en 1869 el matemático inglés Henry Droop, experto en ecuaciones políticas, sentenció: “En una elección, cada votante tiene que optar entre dos o más candidatos. Aun cuando haya otros, no se puede tirar el voto. Hay que entregárselo a uno u otro de los candidatos que están en condiciones de ganar”.

Más de uno sostiene que este razonamiento congela la democracia, impidiendo el ascenso de las minorías. Son muchas las evidencias de lo contrario; como la del propio Macron y su triunfal partido octomesino.

Ningún sistema electoral garantiza la supervivencia de una fuerza política. Y a veces el afán de pluralismo no hace sino distorsionar la voluntad popular.

Es lo que ocurre cuando un candidato sin chances busca el apoyo de los mismos sectores que un postulante situado a las puertas de la Presidencia, pero con rival al lado.

Si dos candidatos antagónicos tienen posibilidades parejas, los partidarios de los candidatos sin esperanzas no deberían hacer eso que Droop llamaba “tirar el voto.

“Tirarlo” puede provocar algo similar a lo que ocurrió en 2004 en las elecciones presidenciales de los Estados Unidos.

Un político periférico, Ralph Nader, le disputó una fracción del voto ecologista a Al Gore: un “demócrata verde”, vicepresidente de Bill Clinton, pionero de la lucha contra el cambio climático, progresista, pacifista, filántropo y hoy Premio Nobel.

Según ciertos analistas del complejo sistema electoral norteamericano, con apenas 2,7 por ciento del voto popular, Nader le negó la Casa Blanca a Al Gore y se le obsequió a George W. Bush. Durante la campaña, un grupo de intelectuales se había reunido para abrir los ojos de la minoría seducida por Nader. Blandían un eslogan que, si tuvo algún efecto, fue inferior al esperado. Advertían que “votar por Nader es votar por Bush”.

Y así fue. El fenómeno parece haberse repetido en 2016. A juzgar por algunos datos, los norteamericanos que votaron por Jill Stein --candidata presidencial del Partido Verde-- le habrían quitado votos a Hillary Clinton, permitiendo así el triunfo de Donald Trump.

Francia habría sido muy distinta sin Macron. Los Estados Unidos habrían sido muy distintos con Al Gore y Hillary Clinton.

En determinados momentos históricos, los candidatos de las minorías pueden, por exiguos que sean sus votos, cambiar involuntariamente el destino de un país.



Rodolfo Terragno es político y diplomático. Embajador argentino ante la UNESCO.

Copyright Rodolfo Terragno y Clarín, 2019.





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